l'Atelier photographique


Sara Maneiro


Artiste plasticienne, essayiste, journaliste.
saramaneiro@cantv.net

Topografías cotidianas


“Mi ciudad es bonita, lo único malo es la basura y la delincuencia”
Oswaldo Sequera Alemán (13 años)

“Donde vivo, aunque a simple vista se ve un poco mal, es muy bien porque vives ahí y conoces la zona donde vives cada día, y te adaptas y ves que las cosas son diferentes”.
Cris Castillo (15 años)

“…sería un país injusto si la paz se va
porque si nos descuidamos la maldad reinará
así que todo el mundo actúe con el corazón
para poder lograr lo que dijo el Libertador:
unir a toda la América en una sola nación”

Fragmento de canción de rap por Denninson González (16 años)


Venezuela es un país multiétnico. Conformado por una fusión dinámica de culturas,
los intercambios que entre ellas se dan han sido desiguales, a pesar de la visión amalgamadora que históricamente se ha querido transmitir de manera ideologizante para simbolizar una simbiosis que en realidad no existe. Como resultado, se cuenta
con una cultura occidental perteneciente a la ciudad que ha impuesto sus valores por encima de la cultura mestiza de los barrios (Trigo, 2004).
Para quienes acostumbran a deambular –o más bien a conducir, en vista de la importancia otorgada a las autopistas por encima de las áreas peatonales- por las zonas formales de la capital, Caracas está conformada en el imaginario urbano principalmente por los espacios que le son familiares a sus habitantes, espacios
que forman parte del circuito cotidiano formal.

De allí que la experiencia y el conocimiento del territorio urbano se traduzca a esa experiencia cotidiana, como indica Humberto Giannini al hablar de las arqueologías cotidianas y del territorio en la ciudad: “Delimitarlo, describirlo, recorrerlo, interpretarlo. Este territorio es, como decíamos, la vida cotidiana; vida que desde la insignificante apariencia de su superficie ha de abrir el acceso, así lo pensamos, a una reflexión sobre aspectos esenciales de la existencia humana”.
Es así como los ciudadanos se instalan en el mundo contemporáneo, muchas veces
a partir de su experiencia, reducida tan sólo al radio de un circuito específico. De esta manera, el poblador urbano se ve inmerso en una rutina que transcurre entre el trabajo, la escuela, la casa, el centro comercial, el coche, y es a partir de estos itinerarios que se conforma su identidad citadina, finalmente moldeada por los medios de comunicación masivos, siendo éstos uno de los pocos aspectos compartidos por una gran mayoría de venezolanos, aunque no todos disfruten de los “beneficios” de sus productos.
La ciudad cuenta entonces con múltiples representaciones que dependen del domicilio de quien la representa.

Los ciudadanos son para Giannini “seres domiciliados”, denominando así a quien se guarece en un espacio cerrado donde deshacerse de la calle, siendo el domicilio el espacio que marca el inicio y también la culminación de la rutina diaria. Se sale de la casa para volver a ella, pero la ciudad es parte de este tránsito y, como objeto cultural, contiene a las instituciones donde se produce la cultura, exceptuando todo aquello vinculado a lo rural. Y es en este punto en el cual la ciudad se “divorcia” del barrio, dada su condición rural, confinándolo a la periferia, ese espacio “invisible” y desterrado de los planos de la ciudad formal. Su opuesto, la ciudad informal, está constituida en el caso de Caracas por los barrios ubicados en los cerros que la circundan, territorios donde impera la cultura del ciudadano que se encuentra en el intersticio entre el campo y la ciudad, constituyéndose su habitante en “poblador suburbano” que define su relación con la ciudad en función de una rutina que no le permite el acceso pleno a muchas estructuras netamente urbanas: salir del barrio a la ciudad, para volver a él al final de la jornada. Es ésta parte de su cotidianidad, en la cual se debate entre ser citadino y ser del barrio, como indica Pedro Trigo cuando habla de su condición de intermediario, de “estar entre”, condición manifiesta también en la representación que de la cotidianidad se muestran en muchos de los trabajos fotográficos acá mostrados.

Es a partir de estas representaciones, realizadas por jóvenes y niños de Las Mayas y Guaicaipuro y por un grupo de estudiantes del Colegio Francia, que se propicia una aproximación
a la condición urbana y sub-urbana, a través de la manera cómo se representan los espacios
del barrio y de la ciudad, respectivamente. Estas imágenes hablan de mundos diversos manifiestos en espacios públicos y privados que describen el día a día de quienes las realizaron.
Tanto el abigarramiento como la simplicidad en los distintos paisajes hablan de una ciudad de contrastes en la cual algunas realidades antes invisibles terminan por ser develadas en la celebración del cumpleaños, los aniversarios, las graduaciones y los nacimientos, entre otros.
Y conjuntamente con la celebración, todo lo que ella implica: el arreglo personal, el ornamento,
la música, los dulces y pasteles, el baile, el amor, la pareja, todo festejado en conjunto, casi nunca de manera individual. Es éste un rasgo característico de la condición suburbana de las barriadas venezolanas, casi todas conformadas por venezolanos provenientes del interior del país y por extranjeros suramericanos, quienes han importado desde su llegada sus costumbres -rurales y/o extranjeras- para instalarlas en la ciudad.
En estas imágenes prevalece lo comunitario por encima de lo individual, porque la comunidad termina por constituirse en familia. De allí que reine la confusión en muchas de las imágenes,
donde los hijos de una familia comen, juegan y hasta duermen en la casa de sus vecinos,
y viceversa, fundiéndose así los parentescos consanguíneos con los afectivos. Y es que la comunidad está atravesada por lazos de afecto. Lo vemos en las fotos de pareja, en los besos,
y en los abrazos, imágenes en muchas ocasiones cargadas de erotismo y sensualidad, como en los bailes al son del reggaeton, donde los cuerpos se acercan en poses a veces tan explícitas como las líricas de sus canciones. En pocas ocasiones se observan personas solitarias, a menos que se trate de indigentes o de borrachos de la calle que han optado por apartarse del clan comunitario, aunque en realidad siguen formando parte de la comunidad de la barriada, y más recientemente se han terminado por incorporado al paisaje de la ciudad, muy a pesar de sus habitantes.

En contraste con éstas imágenes, las realizadas por los habitantes de la ciudad formal se centran en la intimidad individual, alejándose del grupo para centrarse en los objetos, en los ambientes donde impera el orden, la pulcritud y las líneas rectas.
En el barrio, por el contrario, impera el desorden y el caos, en espacios por lo general compartidos (llegando incluso al hacinamiento) e “inundados” de color.
Por otra parte, la imagen de la ciudad está por lo general encuadrada siguiendo la línea del horizonte, mientras que en la foto proveniente del barrio se viola la horizontalidad para desestabilizar el paisaje y se muestran los objetos en su justo abigarramiento. En las primeras, por el contrario, existe la tendencia a centrarse en objetos también centrados: la mascota en el jardín, las flores, las piedras, la cama.

El recuerdo, el souvenir, el retrato de algún personaje de la farándula extraído de alguna revista, es parte del imaginario común de ambos pobladores del espacio formal de la ciudad y el informal del cerro. Influenciados por los medios masivos, las paredes de los cuartos se muestran repletas de personajes de telenovelas, cantantes y modelos con quienes se comparte el día a día, pero también de los sueños. Simbólicamente, éstos pasan a formar parte del imaginario compartido, conjuntamente con los símbolos patrios. En cuanto a las figuras políticas, el barrio se muestra mayoritariamente oficialista (pro gobierno y pro revolución), colocando en sus paredes más íntimas retratos del Presidente y del alcalde de su municipalidad, compartiendo espacio con los retratos familiares y hasta con afiches del libertador y de las Torres Gemelas, Mientras tanto, la bandera se erige como favorita entre ambos grupos, en medio de este pastiche simbólico, llegando hasta a mezclarse con figuras religiosas y con personajes de los Looney Toones, como en el caso del popular Bugs Bunny. Al respecto, Fernández señala: “La cultura cotidiana, en tanto se trata de la intersubjetividad menos reflexionada, ni siquiera consciente de sí misma, es la menos depurada: no se defiende contra contaminaciones ni le preocupan los eclecticismos, no conoce sus propias fronteras ni sus colindancias, y por lo tanto las deja abiertas y desdibujadas, porque,
al contrario de otras, no está sistematizada, o más bien, su sistematización tiene una lógica propia, la de las interpretaciones cotidianas, que desde una lógica formal o canónica, parece irracional, contradictoria, deambulante”. El souvenir, elemento inseparable de la casa de barrio, es más escaso en las imágenes de la ciudad acá contenidas, en las cuales más bien se muestra una tendencia al espacio limpio y minimalista, aunque no sea ésta una condición característica de las casas caraqueñas, que en muchos casos tienden al abigarramiento.

El paseo aparece también como parte del tránsito captado por estos jóvenes, y se constituye en un momento disfrutados en familia, grupo no sólo conformado por los parientes consanguíneos, sino por los vecinos y amigos, quienes en muchos casos terminan por mezclarse en medio del intercambio propiciado por la misma topografía del barrio y gracias a los momentos lúdicos compartidos en comunidad. Ésta es, según comenta Alejandro Moreno Olmedo: “No una comunidad de instituciones comunales, sino una comunidad de relaciones conviviales que produce sus propias formas de convivencia, las cuales no pueden recibir el nombre moderno de instituciones porque pertenecen a otro modo de vida”.
La madre, núcleo fundamental de la familia venezolana, es protagonista en estos trabajos y está presente en casi todo momento: amamantando, cocinando, durmiendo, lavando la ropa, pero también disfrutando los momentos de ocio. A diferencia de muchos de los retratos acá presentados, no posa, sino continúa en sus labores cotidianas. En contraste con estas imágenes, los jóvenes y niños optan por la pose retadora, a veces eróticamente explícita, otras emulando a expresiones mostradas en imágenes publicitarias reproducidas en la pantalla del televisor y/o en la calle, en comerciales que muestran el ideal de “belleza nacional” en cuerpos anoréxicamente esbeltos y quirúrgicamente intervenidos, así como en cabelleras teñidas de rubio.

De la misma manera agresiva como estas imágenes pasan a formar parte del imaginario colectivo juvenil, las noticias ofrecen la violencia cotidiana en el mismo espacio, construyéndose así un discurso conformado por cuerpos escultóricos mezclados con armas de fuego: “Me gustan las películas de acción, que es donde se retoma la violencia”, comenta Kelvin Oropeza sobre las imágenes que recuerda de manera recurrente, mientras Gregory Hernández opina que cuando ve en la televisión un accidente donde hay muertos y heridos, piensa en lo sorprendente que debe ser tomarle fotos a esos acontecimientos: “Me gustaría tomar fotos de accidentes para ver de qué me sirven en un futuro”.

Es así como ciudad y barrio se presentan en estas imágenes hasta armar collages de ambos territorios que hablan de identidades formadas desde el entramado suburbano y desde la urbe, a partir de cotidianidades y desde las relaciones establecidas entre las personas, pero también con las cosas, hasta describir mundos privados cargados de una violencia implícita, pero también impregnados de relaciones afectivas, y enfrentados a otros más sutiles en donde pareciera no suceder nada.

Sara Maneiro, Caracas 2005.
saramaneiro@cantv.net

Documents:


Sommaire Atelier Caracas
Sommaire des projets